miércoles, 4 de agosto de 2010

Suspiros de monja

Amanecía cuando la hermana Teresa al volante de una destartalada camioneta blanca abandonó la autopista de la costa, para tomar el desvío que la llevaría por última vez al pueblo donde estaba el monasterio; a su lado la hermana Damiana, ajena al paisaje dormitaba desde hacía rato.

En cuanto enfiló la carretera que subía a la montaña perdió de vista las infinitas plantaciones de naranjos que la habían acompañado durante algunos kilómetros a ambos lados de la autopista. El paisaje que ahora se abría ante ella era mucho más frondoso y variado. Predominaban los alcornoques desnudos, sin corteza; y es que el corcho era uno de los pilares en la economía de la zona.

La carretera tenía buen asfaltado pero estaba plagada de curvas demasiado cerradas. La hermana Teresa, conducía deprisa a pesar de la escasa potencia de su vehículo y de lo complicado del trayecto; tenía ganas de terminar de una vez por todas con aquella historia.

Aparcó la furgoneta en la plaza que estaba junto a la iglesia. La hermana Damiana seguía a su lado durmiendo como una bendita, la pastilla para evitar el mareo que tomaba cada vez que tenía que montar en coche, la dejaba siempre grogui.

-Hermana Damiana, despierte que ya hemos llegado. –Le dijo sacudiéndole el hombro con suavidad- Mientras su compañera abría los ojos y tomaba conciencia de donde estaba, bajó del vehículo con ganas de estirar las piernas, entumecidas por el viaje. La mañana era fría.

Caminaron silenciosas cogidas del brazo, por la plaza empedrada para dirigirse a la iglesia de San Pascual donde el señor cura ya debía de estar preparándose para decir la misa de la mañana. La hermana Teresa no sabía cual sería la reacción de Don Cipriano al verlas, ni siquiera habían llamado para anunciarle que aquel día irían al pueblo. El delicioso olor a pan, a horno de leña, a magdalenas y a bollos recién hechos que provenía de la cercana tahona, transportó a las dos monjas por unos instantes a la cocina del monasterio ahora vacío, donde con tanta maestría las hermanas preparaban los delicados dulces que luego vendían con enorme éxito en las ferias y mercados de la comarca.

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El monasterio en el que habían pasado más de la mitad de su vida era una edificación de finales del s. XVII y estaba situado en un cerro en lo alto del pueblo. Desde allí se podía disfrutar de un maravilloso paisaje donde la vista se perdía en el infinito. Al cenobio hacia tiempo que le faltaba algo más que una mano de pintura. Era necesaria una rehabilitación profunda, pero nadie parecía dispuesto a gastarse dinero en el mantenimiento de aquel edificio en el que vivían quince monjas ancianas, que sobrevivían como podían entre goteras, fríos y humedades.

La oportunidad de poner fin a sus penurias llegó una tarde de la mano de Don Luis, abogado y representante de una cadena hotelera en expansión, interesada en adquirir el edificio para convertirlo en un hotel con encanto, tan de moda en los últimos tiempos. Reunido con la hermana Teresa y la hermana Damiana, superiora y ecónoma de la comunidad respectivamente, les expuso sin ningún tipo de preámbulo los planes del grupo al que representaba: - A cambio de este destartalado monasterio –dijo Don Luis con voz convincente, mientras recorría con una estudiada mirada de menosprecio el austero despacho en el que se encontraban- les ofrecemos un pequeño convento situado a las afueras de la ciudad con calefacción, una pequeña capilla, un soleado patio con huerto para que sus monjitas puedan pasear por él mientras rezan y además dos hectáreas de terreno con árboles frutales a pleno rendimiento.

La hermana Damiana, que hasta ese momento no había dicho ni esta boca es mía y asistía de convidada de piedra a la reunión, no podía dar crédito a lo que oía de boca de Don Luis. ¡Por fin el Señor había escuchado sus oraciones y les mandaba un ángel que las sacaría de todas sus penurias! Nerviosa y sin poder contener el entusiasmo, en un tono un poco más alto de lo necesario comenzó a decir casi gritando debido a la emoción: -¡Alabado sea Dios y todos los santos del cielo! ¡Hermana Teresa, tenemos que contárselo en seguida al resto de la comunidad! ¡San Félix, Santa Régula… por fin han escuchado nuestras súplicas! –siguió diciendo una enfervorizada hermana ecónoma-.

La mirada glacial que recibió de la superiora, hizo que atenuase su entusiasmo inicial. -Hermana Damiana, le ruego que modere sus emociones –dijo severamente la hermana Teresa, -por favor, vaya y pida que preparen una cajita con suspiros de Santa Oraldina para Don Luis que está a punto de marcharse.

Cuando la monja salió de la sala para buscar los dulces, Don Luis se encontró con la fría mirada de la hermana Teresa que sin ningún tipo de titubeo en la voz dijo con firmeza: -y además de todo eso, dos millones de euros ingresados en un banco en la cuenta del obispado, y cerramos el trato. Dejando bien especificado en el contrato, que la venta se refiere tan sólo al edificio y a los terrenos del monasterio. El mobiliario y las tallas de nuestros santos se vienen con nosotras a nuestra nueva casa. De explicar el acuerdo al Obispo y conseguir su permiso me ocupo yo, no se preocupe.

A Don Luis le costó reaccionar tras el embate inesperado de aquella monja a la que sin duda había subestimado. No estaba acostumbrado a que le pusieran condiciones de aquella forma tan tajante, y menos aún una insolente monja.

-¿Pero se ha vuelto loca hermana? ¿Usted sabe lo que me está pidiendo? -Replicó con voz enojada el abogado, al que las condiciones de la monja le habían pillado por sorpresa.

-Sí, -comenzó a decir la hermana Teresa en tono conciliador pero sin perder un ápice de firmeza, - hablamos de un monasterio del siglo XVII, en un cerro con unas vistas espectaculares, en el término municipal de un pueblo milenario declarado patrimonio de la humanidad. No se crea que porque somos monjas de clausura no conocemos el valor de las cosas. El convento, los frutales, dos millones de euros y cerramos el trato. Es mi última oferta. Lo toma o lo deja. -Terminó de decir la monja en un tono apabullante que no admitía réplica.

- De acuerdo, de acuerdo, acepto el trato pero con una condición. –Contestó un Don Luis un tanto irritado- La compra del monasterio por parte del grupo que represento, sólo se hará efectiva si el ayuntamiento modifica el plan de urbanismo para que los terrenos en los que se asienta el convento dejen de ser suelo rústico y se conviertan en urbanizable. Yo voy a intentar convencer al alcalde para que firme la recalificación de los terrenos, pero no nos vendría mal una manita digamos “divina”, para el caso de que el alcalde se resista a cambiar el plan de urbanismo. Así que rece hermana, rece para que el alcalde firme y todos salgamos beneficiados con la operación.
Antes de reunirse con el resto de la comunidad la hermana Teresa decidió pasar por la capilla. Se arrodilló con dificultad ante la imagen del Cristo crucificado del altar mayor, y comenzó a hablar con él:

- El monasterio está viejo, tiene goteras y montones de resquicios por los que se cuela el aire en cuanto sopla un poco de viento. Hace frío dentro y ya no somos jóvenes. Los tiempos cambian y no hay vocaciones. Hace años que no tenemos novicias que cuiden de las hermanas mayores como hicimos el resto cuando ingresamos. Ahora nadie quiere vivir en un convento. En la nueva casa estaremos mejor, ¿has escuchado que tiene calefacción?, y además en la ciudad seguro que es más fácil vender nuestros productos, que estamos ya un poco mayores para seguir como titiriteros de feria en feria. Lo que más me duele es lo de tener que dejar a las hermanas enterradas en la cripta de la capilla… ¡Ah!, que no se me olvide; gracias por la ayuda. Me temblaban las rodillas cuando dije lo de los dos millones de euros. Menos mal que no se me quebró la voz. Bueno, te dejo, voy a contarle al resto de la comunidad lo que ha pasado, aunque imagino que la hermana Damiana ya se habrá encargado de divulgar las noticias.
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En cuanto Don Luis se sentó en su coche, un imponente todo terreno negro, aparcado a la sombra de la torre mayor del convento, decidió llamar a su jefe para contarle como habían ido las negociaciones. Dejó el paquetito de suspiros de Santa Oraldina que le habían regalado las monjas en el asiento del copiloto y sacó del bolsillo interior de la chaqueta un teléfono móvil de última generación.

-¿Don Manuel? Sí, acabo de entrevistarme con las monjas. Tenía usted razón, el lugar es fantástico. Es un usted un lince. No me cabe ninguna duda, de que una vez rehabilitado será un estupendo hotel de lujo. El sitio es inmejorable y en cuanto estén hechas las reformas oportunas no lo va a conocer ni la madre que lo parió. No, ningún problema Don Manuel, por las monjitas no hay que preocuparse, ellas están de acuerdo en el trato, y son conscientes también de la discreción con la que se tiene que llevar la operación. Sí, sí, hemos firmado un preacuerdo, y el lunes próximo vendré con un notario. El único inconveniente ha sido que la superiora estaba bien asesorada y no se ha conformado con la oferta del trueque tal y como creíamos que harían, pero está todo controlado. Aunque por poco, no he pasado de los márgenes que nos habíamos marcado para sellar la operación. No, no hay problema, aun contamos con disponible suficiente para tentar al alcalde en el caso de que ponga algún inconveniente para cambiar el plan urbanístico. Pero no se preocupe por el alcalde, Don Manuel; no creo que tenga problemas para convencerle. De todas formas para evitar cualquier imprevisto, lo mejor será darse prisa con los trámites, porque con la que está cayendo últimamente con todos esos escándalos urbanísticos que se están destapando, no vaya a ser que se nos acojone y nos deje en la estacada. Sí, Don Manuel, descuide, yo le mantengo informado. Adiós, Don Manuel.

Don Luis, satisfecho guardó el teléfono y distraído cogió un dulce de la cajita que le habían entregado las monjas. -¡Coño con las monjitas, que buenos están los suspiros estos de santanosequién!, masculló entre dientes mientras encendía el coche. Aún tenía que visitar al alcalde del pueblo antes de volver a casa. Estaba seguro que no sería muy difícil convencerle de que todo aquel proyecto sería estupendo para el pueblo. Y si ponía muchos peros, siempre podía tentarle con algo de dinero fresco.
*****

Las casas en aquel pueblo eran todas de piedra. Llamaban la atención sus enormes portalones de madera y sus cuidados balcones. De la mayoría de los que daban a la plaza, colgaban ristras de ajos.

En una ventana enrejada llena de geranios rojos junto a la que pasaron, había un cartel en el que podía leerse “Se venden cestos, cestas y garrotes”. Aquello hizo sonreír a la hermana Teresa y por breves instantes consiguió relajar la tensión que acumulaba desde hacía meses; desde que tomaron la decisión de abandonar el pueblo…

Nunca imaginó que la marcha de la comunidad de religiosas despertara tantas iras en el pueblo. Cuando el secretario del Obispo llamó por teléfono para reprenderlas por la que habían montado, la hermana Teresa no supo a lo que se refería.

La noticia de que unas monjas de clausura habían abandonado su convento llevándose con ellas joyas artísticas de incalculable valor pertenecientes al pueblo, ocupó las primeras páginas de los periódicos locales. La historia se desbordó por completo cuando radios y televisiones se hicieron eco de la noticia del robo de objetos de arte sacro por unas monjas de clausura. Durante algunos días tuvieron en la puerta del convento a unos cuantos reporteros con cámaras y micrófonos que querían saber la razón por la que unas inofensivas monjas habían decidido robar al pueblo en el que habían vivido tantos años.

En el convento fueron días de desconcierto. Las monjas rezaban desconsoladas sumergidas en aquella especie de martirio que estaban viviendo, confusas por cuanto sucedía a su alrededor y un tanto preocupadas por la tristeza mal disimulada que mostraba la superiora.

La hermana Teresa cada día se arrodillaba ante el Cristo crucificado buscando un consuelo que no llegaba: -Sabes que nosotras no somos ladronas. Si nos trajimos las cosas que había en el monasterio cuando hicimos la mudanza, fue porque nunca se nos pasó por la cabeza dejarlas allí. Los objetos que ahora nos reclaman, siempre los habíamos considerado nuestros. Llevábamos toda la vida cuidándolos en el monasterio, eran nuestro paisaje cotidiano y queríamos que siguieran acompañándonos en nuestro nuevo hogar. En ningún momento nos planteamos que pudiera ser considerado un robo, porque uno no roba lo que cree suyo ¿no?, pero está claro que a la vista de todo el escándalo que se ha montado, esa no es la opinión del resto de la gente. ¿Por qué ya no me hablas? ¿Qué pecado he cometido para que me castigues con tu silencio? ¿Hicimos mal abandonando el monasterio? Háblame. Muéstrame que no estás enfadado, que sigues estando a mi lado. Me estoy obsesionando con tu silencio. Estoy cansada, muy cansada. Estos meses han resultado muy difíciles y me he sentido sola. Nunca antes me había pasado. Siempre había encontrado tu consuelo, tu ayuda… ¡Dios mío, deja que te escuche de nuevo! ¿Qué debo hacer para volver a sentirte de nuevo a mi lado?

En el pueblo durante algunas semanas, hubo manifestaciones de protesta exigiendo la devolución del tesoro que se habían llevado las monjas ladronas. Hubo gente que acudió a programas de televisión para contar lo indignados que estaban en el pueblo por el miserable comportamiento tan poco cristiano de aquellas monjas de clausura que durante años residieron en el monasterio. Se anunciaron debates en un par de cadenas de televisión sobre la propiedad de los bienes de la Iglesia. Políticos de diferentes signos aprovecharon para pronunciarse sobre el tema y dejar constancia de la postura de su partido sobre el papel que desempeñaba la religión en el mundo actual. Durante días se habló de la necesidad o no de impartir clases de religión en las escuelas, de la prohibición de la iglesia católica del uso del preservativo, de los curas homosexuales, de las condenas de la inquisición, de la financiación de la iglesia… y cuando parecía que aquel tema no iba a terminar nunca, la publicación en una revista de unas fotos de un torero famoso con el hijo de una actriz de medio pelo entrando juntos a un hotel a altas horas de madrugada en actitud cariñosa, apagó por completo el tema de las monjas ladronas, y el rabo de nube mediático se dirigió a otras latitudes.

Ahora que parecía que las aguas se habían calmado, la hermana Teresa regresaba para entregarle personalmente a Don Cipriano, los objetos del monasterio que primorosamente embalados para que no sufrieran ningún percance, permanecían en la trasera de la furgoneta aparcada en la plaza, y cuyo destino final después de algunos trámites sería la iglesia parroquial de San Pascual.

Agarró fuerte del brazo a la hermana Damiana, y deseó que nadie echara en falta la imagen del Cristo crucificado que presidía el altar mayor de la capilla de su nueva casa. Sabía que estaba desobedeciendo las órdenes del Obispo, que fue muy claro cuando exigió la devolución a la parroquia del pueblo en el plazo más breve posible, de todas las tallas y demás objetos de valor que habían pertenecido al Monasterio. Bueno, casi todas, porque en el obispado habían decidido quedarse con el cuadro de la Anunciación que presidía el refectorio del convento y un par de códices de incalculable valor.

Aquel pecar a sabiendas hacía días que le torturaba el alma, pero se sentía incapaz de desprenderse del Cristo crucificado con el que había hablado a diario durante cuarenta y dos años, y que permanecía en un obstinado silencio desde que se trasladaron a la ciudad.

La iglesia todavía vacía, olía a cera quemada, a humedad, a madera vieja… El sacristán al que todo el mundo en el pueblo conocía como “el picha santa”, se ocupaba de ultimar los detalles para la celebración de la mañana. Si se sorprendió cuando vio entrar a las dos monjas en la iglesia lo disimuló bien, porque continuó como si nada con los preparativos de la misa.

Después de santiguarse, las dos monjas tomaron asiento en uno de los bancos en el fondo de la iglesia. El frescor de la mañana y el breve paseo desde la plaza no habían terminado de reanimar a la hermana Damiana que a pesar de la incomodidad del asiento, no tardó mucho en dejarse llevar por un nuevo sopor.

La hermana Teresa con gesto cansado hundió la cara entre sus manos. Sentada en aquella solitaria iglesia de un pueblo perdido en la montaña, intentaba encontrar en el silencio de aquel lugar, alguna señal que le devolviese la paz interior perdida en la vorágine vivida en los últimos meses; pero sólo percibía su propio miedo. A punto de cumplir sesenta años, después de toda una vida recluida entre los muros de un monasterio, se planteaba ahora por primera vez si aquella existencia de destierro voluntario alejada de los problemas del mundo que había llevado hasta entonces tenía algún sentido.
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El sol estaba ya bastante alto cuando las dos monjas dejaron el pueblo. Desde lo alto del cerro, el viejo monasterio ahora lleno de andamios, lonas y grúas por todos lados, despedía solemne a la vieja camioneta blanca que se alejaba ligera, camino del llano.

La hermana Teresa conducía más despacio que hacía unas horas. Mucho más relajada después de haber entregado los objetos de valor del monasterio al cura párroco de la iglesia de San Pascual, y de prometerle que le haría llegar con brevedad un Cristo crucificado que por su gran tamaño habían dejado en el convento, de nuevo sentía renacer la fuerza interior que durante meses había temido perder. Absorta como estaba en sus pensamientos, apenas prestaba atención a la incansable charla de la hermana Damiana que, totalmente despejada y sin señal de mareo por ninguna parte, no hacía más que recordar divertida, entre risas, la cara de asombro que había puesto Don Cipriano al verlas entrar en la sacristía.

Cuando el paisaje volvió a llenarse de naranjos a ambos lados del camino, la hermana Teresa ya había tomado una decisión. Después de tantos años de encierro de espaldas a todo aquello que no fuera la comunidad, creía que había llegado la hora de abrir puertas y ventanas y dejar que el aire fresco penetrara en el convento.

-Hermana Damiana, ¿usted cree que si le pedimos al Señor Obispo que nos deje montar una escuela de repostería en el convento para enseñar nuestras recetas nos daría permiso? -Dijo de pronto en un tono de voz que sonaba alegre por primera vez en mucho tiempo.

La hermana Teresa estaba segura de que el Señor Obispo no tendría ningún inconveniente en subvencionar sus planes, y si no, ya se encargaría ella de sacar a pasear un par de ases en forma de códices que escondía en la manga. Pero esto último no se lo dijo a la hermana Damiana.


6 comentarios:

  1. ¡Buenísimo!!!! Me gusta mucho Dori. Que caracterización más estupenda has hecho de la hermana Teresa y de los sentimientos que la invadian a lo largo de la historia.
    Ristras de ajos en los balcones, "picha santa".... dos pinceladas que nos situan en un escenario de pueblo rural muy logrado.
    Felicidades.
    Un beso.

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  2. Dori!!!
    Evidentemente esa manera de escribir es un auténtico don. No es fácil trasladar al lector con cada descripción en un relato ... Hemos viajado a otro entorno en sólo unos minutos...Y trasmites los sentimientos de los personajes de una forma única.

    Simplemente brillante.
    GRACIAS Dori!!

    Un beso.
    Martina.

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  3. Hola! Pasaba a agradecerte el tutorial, (yo era una de esas q llegue tarde!!) y me encontre con esta maravilla, yo tb vole a otros tiempos, me gusta mucho como escribis...yo tb lo intento-
    un beso grande desde Roma
    Anabella
    pd y de nuevo gracias por el tutorial y tomarte todo ese tiempo para compartirlo!!

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  4. Sencillamente maravilloso!! felicitaciones por tu forma de narrar tan autentica,besos

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  5. Tienes una cualidad de las muchas que envidio, enhorabuena por como lo haces. Un abrazo.

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  6. Me ha encantado, es muy bueno.....

    Un beso

    Encarna

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