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martes, 21 de septiembre de 2010

Brumas

Hace rato que en la radio sonaron las señales horarias y Ramón tiene que levantarse. Afuera llueve. Escucha el sonido de las gotas de lluvia al golpear en la vieja persiana de madera verde y se arrebuja más entre las mantas. Antonia sigue dormida a su lado. Atrás quedan los días en los que ella era la primera en saltar de la cama. Casi sin esfuerzo, puede recordar el olor a pan frito del desayuno que cada domingo de invierno Antonia preparaba para acompañar el chocolate caliente.

Intenta cerrar los ojos, seguir durmiendo, alejar con su media vuelta los problemas que acuciantes esperan inquietos a que Ramón tome la decisión de dejar la cama, para encaramarse un día más en su espalda. Ramón intenta retardar el momento porque sabe que en cuanto se calce las ajadas zapatillas de paño gris, que dormitan sobre la alfombra, la realidad habrá vencido una vez más a la ilusión. Hasta hace unos meses, aún le quedaban las noches para intentar buscar refugio en un sueño que le alejara de la pesadilla diaria. Ahora ni siquiera tiene eso. Ya no quedan espacios, no quedan horas, no quedan minutos. El reloj no diferencia los días de las noches. El tiempo de la esperanza ha muerto, las sombras han ganado el pulso a los relojes.

Los delirios y los gritos de Antonia en mitad de la noche en las últimas semanas son frecuentes. Cada vez que esto sucede, Ramón siempre hace lo mismo. La abraza con ternura, acunándola, mientras tararea una canción. Antonia se calma poco a poco y se une al canto. Canta muy bajito, apenas se la escucha pero recuerda la letra. Parece mentira, lo ha olvidado casi todo, y sin embargo canta hasta que vuelve a dormirse. Siempre le gustaron los cantares que salían por la radio. Aquella radio de transistores que compraron cuando se casaron aún funciona, y todavía preside la cocina desde un estante adornado con puntillas blancas de ganchillo. Un año, por su cumpleaños Ramón escribió a la emisora para dedicarle una canción. “Para Antonia en el día de su cumpleaños de su marido Ramón que nunca la olvida”. Aquel día, bailaron los dos muy juntitos en la cocina, mientras sonaba el pasodoble dedicado y las vecinas, indiscretas, se asomaban divertidas a las ventanas que daban al patio común. La voz de Encarna, la del tercero izquierda sobresaliendo entre las de las demás “Antonia, ¿has escuchado la radio? Ya puedes estar contenta con tu hombre… a mi Paco no se le ocurre algo así ni aunque le prometa jarana diaria”. Y después las risas.

Ramón añora un pasado que fue vida. Intenta atrapar el recuerdo con las manos, pero huidizo, el instante se escapa. Antonia respira fuerte y Ramón abre los ojos. La mira, y la realidad se hace visible. El presente duele. Le atormenta verla así. Quisiera detener el tiempo. Regresar a aquella época en que los dos muy arreglados iban los sábados por la tarde al baile de la pérgola. Siempre les gustó bailar. Una vez incluso ganaron un trofeo muy vistoso en un concurso de pasodobles que organizaron en el barrio en la verbena de San Juan. No consigue recordar el año, pero fue al poco de casarse, de eso está seguro. Tiene que buscar en la caja de latón donde guardan las fotos a ver si encuentra una en la que se les ve a los dos sonrientes con el premio, a lo mejor pone la fecha por detrás y… ¡qué más da la fecha!, piensa, mientras escucha el sonido de la lluvia.

Ramón aún no se decide a levantarse, se incorpora un poco y acomoda la almohada en su espalda, intentando no despertar a Antonia. Tal vez debiera hacer caso a sus hijos e ingresar a Antonia en una residencia. Eso a él le parece un abandono y arrepentido como si estuviera siendo infiel a su mujer sólo con pensarlo, aleja a toda velocidad la idea de su mente y nervioso se atusa los escasos cabellos que aún le quedan. Se siente vencido y cansado. En un gesto desesperado mira sus manos vacías y una idea fugaz atraviesa su mente. Sus manos. Antaño, cuando trabajaba la madera, eran fuertes. Rudas y a la vez sensibles. Antonia le esperaba cada noche cuando regresaba de la carpintería con el ungüento de las manos listo para aplicárselo, y el instante se impregna del olor del preparado de glicerina de Antonia. “Para evitar durezas esto es infalible, tu hazme caso. Hay que ser constante”, decía, mientras le untaba las manos con aquel líquido viscoso y amarillento que preparaba ella misma siguiendo una receta heredada de su abuela Juana. Y condescendiente, él se dejaba hacer sin protestar.

La luz que se filtra por las rendijas de la persiana le permite ver la mancha de humedad de la pared. La casa necesita arreglos. Está vieja. Como él, como Antonia. Todo está viejo. Por unos instantes su mirada se detiene en la foto del marco dorado que adorna la coqueta de madera y poliéster del dormitorio. Es la de la boda. En ella, una Antonia radiante y joven con un vestido de encaje negro que ella misma cosió para la ocasión, y un ramo de calas de tallo largo en el regazo, le sonríe desde la silla en la que posa sentada. A su izquierda, de pie y con gesto serio, un Ramón extremadamente delgado le observa desde el otro lado.

Afuera la lluvia sigue. Hace tiempo que Antonia vagabundea en la confusión del olvido. Entre brumas busca la salida del laberinto, pero cada día que pasa el paisaje se vuelve más espeso, más lúgubre. A veces escucha voces que atormentan su cerebro. No sabe como ha llegado hasta allí, tiene frío, mucho frío y sigue perdida en una maraña de recuerdos. Sólo el pasado logra reconfortarla. A veces escucha canciones que le son familiares, e intenta refugiarse en el sonido, pero los cantos de sirena se apagan, se alejan, la confunden en la oscuridad y sigue vagando perdida. No hay luz. No hay nada. Todo se borra a su paso, no sabe lo que es vida, desconoce lo que es muerte. Las brumas se adueñan del paisaje. Está asustada. Quiere gritar, pero el sonido no acude a sus labios. Es un solitario barco a la deriva. Tiene miedo. Siente frío.

Antonia se mueve a su lado. Le dedica una desconcertada mirada cuando abre los ojos y balbucea algunas palabras carentes de sentido. Ramón besa sus labios. La lluvia no cesa. Dos lágrimas resbalan por la cara de Ramón cuando pone la almohada sobre la cara de Antonia. Amor, mi amor, espérame. Y tararea por última vez una vieja canción mientras toda la rabia acumulada en los últimos años acude a sus manos.

Han vuelto los cantos, pero esta vez es diferente, un arco de luz se hace hueco entre las sombras. Antonia ya no siente frío. Fuera, la lluvia cada vez es más intensa.
Dori
Febrero 2007

13 comentarios:

  1. Caramba Dori !hay que ver cómo escribes! Aqui estoy sola en mi casa, buscando algo nuevo en patchwork y llorando como una magdalena por tu culpa ¿para cuando un libro? Te prometo comprar todos los que escribas. Hace poco que conocí tu blog, pero me he leído todas tus entradas antiguas y todos tus relatos me han encantado. Un beso muy fuerte y sigue así de generosa. En tus relatos y en tus tutoriales veo a una gran persona.

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  2. es triste... pero precioso!!!

    Besos :O

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  3. Dori: me has dejado hecha polvo....aunque angustiada y triste, tengo que darte la enhorabuena, por tu forma de escribir.

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  4. Dori, un relato muy bonito, pero muy triste, no puedo dejar de llorar...,estoy escribiendo y me cae cada lagrimón, pero muchas gracias por tus relatos, otro don más que Dios te ha dado...
    Un beso.

    Loli

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  5. Primero, lo serio: muy bien escrito, tantas imágenes hacen que nos resulte real, como una película. es fácl meterse en esta historia, sentir que "vemos" las cosas en vez de leerlas.
    Ahora, a lo mío, a lo gracioso....mi madre va a un "taller para la memoria", son unas clases en las que hacen juegos y ejercicios que ayudan a agilizar la mente y preservar la memoria. YYYYAAAAAAAA me voy a ir a anotar. Mira que mi esposo y yo dormimos con 6 almohadas y a mí se me olvidan algunas cosas.....no sea que un día de estos me manden al otro lado!!!!!!
    ¿Por qué taza de cafe vas, amiga???????!!! Después de esta lectura yo me voy a preparar una, y bien grande!!!! Besos

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  6. Jo Dori, que triste; ¿Es tuyo éste relato?....si es así deberías escribir un libro!!!... Se te daría muy bien!!!...:-))).un abrazo.

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  7. Dori...mi admiración continúa...eres genial!!!
    Me encantó el relato...es triste pero muy real...te felicito!!!
    Abrazos!!!

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  8. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  9. Ja el comentario anterior se elimino! que hice?
    va de nuevo! llorando como las otras chicas pero sorprendida gratamente por tu forma de escribir!
    maravilloso!, y la forma que tenes de describir las cosas... si parece que estoy viendo la foto con marco dorado!
    felicitaciones!!!

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  10. Duro, cruel y doloroso pero esa es la vida.
    Muy bien escrito pero avisa para coger unos pañuelos que no llegaba al final con tanto lagrimón.
    Enhorabuena por tus relatos.
    Besos
    Lydia

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  11. ¡¡Otro relato precioso¡¡,,definitivamente tienes un don especial para escribir,,,hace que nos llegue muy adentro,,,,
    bsssss,,

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  12. Dori : que relato mas bonito , y que final mas triste , le das un sentido a todo lo que escribes , que parece que estas dentro de el. Felicades
    Besos
    Mari Carmen

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  13. Otras hiciste que se me pusiera la piel de gallina. Es duro pero la vida es así de cruel. Muy bonito tu relato. Gracias. Un abrazo

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